Productora de PolyGram (1988–1999) — financió cine de arte europeo y británico. Distribuido por Gramercy Pictures, luego Paramount.
El negocio cinematográfico del grupo PolyGram surgió a finales de los años 80 por una lógica interna del grupo: una compañía discográfica se diversifica en imágenes en movimiento. PolyGram Pictures funcionó como brazo de producción de 1988 a 1999 y se estableció rápidamente como financiadora de producciones independientes europeas y británicas, no como creadora de taquillazos, sino como proveedora de fondos para cine de autor con ambición internacional. La compañía operaba con un enfoque claro: directores ambiciosos, adaptaciones literarias, festivales en lugar de solo multicines.
El modelo de distribución se estructuró de forma pragmática. En Norteamérica, PolyGram utilizó Gramercy Pictures Distribution (una empresa conjunta con Universal) para llevar sus películas a los cines; más tarde se añadió la conexión con Paramount. Esta estructura permitió combinar producciones europeas con presupuesto británico y músculo de distribución estadounidense. Para un director de fotografía en aquel entonces, esto significaba: tenías valores de producción europeos, pero podías contar con dinero y poder de distribución internacionales. Películas como Trainspotting (1996) o The Lair of the White Worm (1988) muestran esta estrategia: un look de bajo presupuesto con una artesanía de alta calidad.
En el set, notabas la financiación de PolyGram porque los presupuestos se calculaban de forma realista: no eran abundantes, pero tampoco tacaños. Las producciones tenían tiempo para el "visual crafting", sin caer en el derroche de Hollywood. Etalonaje, iluminación, configuración de cámara: aquí se podía trabajar como en coproducciones europeas, con esmero en lugar de prisa. El grupo confiaba en sus cineastas, lo cual era lo opuesto al sistema de estudios. Al mismo tiempo, las cuentas debían cuadrar: el dinero venía de Londres o Ámsterdam, pero se invertía en festivales y cines de autor.
La disolución en 1999 fue sintomática de la situación del mercado en aquel momento. La empresa matriz de PolyGram entró en turbulencias financieras y el portafolio cinematográfico se liquidó, una señal de advertencia de que incluso el cine independiente bien hecho no es inmune a la lógica corporativa. Lo que queda: un catálogo de películas que eran visual y narrativamente impecables en su factura, un estándar que hoy en día se ve raramente.