Material original—novela, obra teatral, cómic—reescrito para pantalla. Requiere nueva lógica dramática, no traducción literal.
Una obra original —una novela, una obra de teatro, un cómic, un hecho real— llega al escritorio y comienza la presión: ¿cuánto se conserva, qué hay que eliminar y, sobre todo, cómo se cuenta visualmente? Eso es adaptación. No se trata de copiar diálogos, sino de la transformación fundamental de una historia en un pensamiento cinematográfico. El error que cometen muchos es fotografiar la obra original en lugar de adaptarla. Esto conduce a material tedioso y poco cinematográfico que no hace justicia ni a la literatura ni al cine.
En la práctica, se necesita valentía para afirmar: ¿cuál es el núcleo dramatúrgico que debe conservarse? Una novela de 500 páginas no puede simplemente comprimirse en 100 minutos; hay que fusionar personajes, eliminar tramas, a veces incluso cambiar el tono. Esto no significa dañar la fuente, sino respetarla traduciendo su lógica interna al medio cinematográfico. Un monólogo funciona como una voz interior, no como texto hablado. Una retrospectiva en la novela se convierte en un montaje de imágenes. La densidad metafórica de un poema puede ser intensificada por la cámara, el sonido y el montaje, a menudo más que en el original.
Trampas típicas: tratar la adaptación como una tarea obligatoria. Aferrarse demasiado al nombre para tener seguridad legal, pero olvidándose de la película en sí. O, por el contrario, adaptar tan libremente que la obra original sea solo una coartada. El momento más difícil siempre llega en la etapa del guion: te sientas, tienes tres versiones y te das cuenta de que no funciona cinematográficamente. Entonces necesitas la claridad para reescribir o incluso inventar escenas que nunca existieron en la obra original porque son necesarias para la narrativa cinematográfica.
Las buenas adaptaciones surgen cuando el equipo (productor, director, guionista) ha comprendido que no son guardianes del arte, sino artesanos de una nueva forma de arte. La fidelidad a la obra original no es un rasgo de calidad; el resultado sí lo es. A veces, una adaptación libre es más digna que un remake servil que no se atreve a respirar por sí mismo.