Registro diario de horas, tomas, elenco y metraje — el jefe de producción lo mantiene en vivo. Base para facturación y posproducción.
Mientras la cámara está rodando, la dirección de producción se sienta al lado con portapapeles y bolígrafo, no por nostalgia, sino por absoluta necesidad. El protocolo es la crónica exhaustiva del día de rodaje: hora, número de toma, duración, configuración de cámara, si la toma es utilizable o tuvo errores, qué actores estaban en el encuadre, cambios de luz, órdenes de corte. Sin este documento, la postproducción se convierte en un juego de adivinanzas.
En la práctica, esto significa que el supervisor de guion —o en producciones más pequeñas, la propia dirección de producción— lleva un cuaderno de notas detallado en paralelo al rodaje. Cada toma recibe un número secuencial. Al lado: duración en segundos o fotogramas, la hora exacta (importante para la facturación y la sincronización con las grabaciones de sonido), si el sonido se grabó, movimiento de cámara (estático, paneo, travelling), puntos de enfoque, cambios de iluminación. Especialmente crítico: la nota de si la toma está en el bote o no; una indicación del director, un problema de sonido o que la actriz habló demasiado pronto pueden arruinar cualquier toma. Esta información decide más tarde la utilidad y ahorra al editor horas de visionado.
El protocolo también es facturación. En producciones sindicalizadas, cada minuto de rodaje se registra: inicio, fin, pausas para el almuerzo o la máquina de humo. Quién recibe pago, cuánto duró el día, si hay horas extras: todo sale del protocolo. Al mismo tiempo, es un sustituto de la memoria. Tres semanas después en montaje: ¿los ojos del actor estaban abiertos o cerrados en la toma? El protocolo vence a la memoria.
Digitalmente, los formatos han cambiado —muchos sets utilizan ahora aplicaciones de tableta o software de registro de rodaje que escriben metadatos directamente en la estructura de archivos de la cámara. Pero la función permanece: la documentación exhaustiva crea orden en el caos del día de rodaje. Quien lleva protocolos limpios evita reclamaciones posteriores de postproducción, laboratorios y oficinas de facturación. Es menos glamuroso que la luz o la cámara, pero al menos igual de indispensable.