Corte directo entre dos planos sin transición — cambio visual inmediato. El estándar del montaje narrativo.
El corte directo — dos planos se encuentran sin que suceda nada entre ellos. Sin fundidos, sin disolvencias, sin efectos de barrido. El plano uno termina, el plano dos comienza. Trabajas con él minuto a minuto sin pensarlo mucho, y ese es precisamente el punto. El corte se ha vuelto tan invisible que solo te das cuenta de él cuando está mal hecho.
En el ámbito del montaje, funciona así: colocas dos tomas una detrás de otra, pones el corte en el lugar correcto y el montaje fluye. No se necesitan efectos artísticos. Esto convierte al corte en el sistema nervioso del cine narrativo clásico: la frecuencia de corte, el ritmo de tu historia. Puedes hacer cortes rápidos para generar tensión (escena de acción, diálogos rápidos) o mantener planos largos para la calma y la melancolía. El corte en sí es neutral; todo depende de su colocación. El tiempo lo es todo. Un corte un fotograma antes o después se siente mal, no porque el corte sea el problema, sino porque está en el lugar emocional equivocado.
En la práctica, distingues entre cortes de empalme (Match Cuts) (dos planos que encajan visual o sonoramente, uno retoma una acción que el otro inicia) y cortes brutos que crean contrastes (primer plano a plano general, color a blanco y negro). El corte es la herramienta para ambos. Lo necesitas para la continuidad, para contar una escena de forma fluida, pero también para los cortes de salto (Jump Cuts), donde la discontinuidad es intencionada y crea tensión. Godard y la Nouvelle Vague lo explotaron radicalmente en los años 60: cortes que son deliberadamente visibles, que impactan al espectador en lugar de llevarlo inconscientemente.
En el set, apenas piensas en el corte; esa es tarea de la sala de montaje. Pero allí se hace evidente: si no filmas transiciones (sin continuidad de acción, sin miradas al siguiente plano), tu montador tendrá problemas. Un buen corte necesita espacio entre los planos, un fotograma de espacio para respirar. Y los buenos cortes necesitan un montador que entienda que el corte no es solo una función técnica, sino una declaración emocional: aquí termina algo, allí empieza algo. El espectador sigue, sin saber por qué.