Asociación de productores y distribuidores estadounidenses fundada 1922 — impuso el Código Hays en 1930 como censura voluntaria. Controló contenidos hasta años 60.
La Motion Picture Producers and Distributors of America (MPPDA) fue menos una asociación en el sentido clásico y más una instancia de control que moldeó el cine estadounidense durante cuatro décadas, no a través de impulsos creativos, sino mediante la censura sistemática. Fundada en 1922, la organización, bajo Will H. Hays, asumió a partir de 1930 la aplicación de un estricto código que filtraba prácticamente cualquier tema susceptible de ser filmado en el sistema de estudios. En el set y en la sala de montaje, esto significaba que cada película debía ser presentada para su revisión antes de su distribución. Ni profanidades, ni sexo extramatrimonial, ni miradas críticas a la policía o a la iglesia: el llamado Código Hays no era una directriz, sino una ley.
Para los directores de fotografía y montadores, esta era una realidad bizarra. Se filmaban escenas enteras, pero ya se sabía en el set que la MPPDA las objetaría más tarde. Los directores aprendieron a trabajar con insinuaciones: una mano fuera del encuadre, un corte al negro, una mirada de más de dos segundos. Esto forzó un lenguaje cinematográfico propio: subtexto en lugar de franqueza. Cuando William Wyler o Billy Wilder filmaban sus mejores escenas, lo hacían bajo el dictado invisible de esta institución. Eran maestros en engañar a los censores, ocultando lo inadmisible mediante el montaje y el encuadre de la cámara.
La MPPDA perdió sus colmillos solo a principios de la década de 1960, no por un cambio de mentalidad moral, sino porque el sistema de estudios colapsó y la televisión fragmentó al público masivo. Con el surgimiento de la producción independiente y las importaciones europeas, el código se volvió ineficaz. En 1968, fue reemplazado por el sistema de clasificación por edades, que regula pero no prohíbe. Hoy en día, la MPPDA, como Motion Picture Association, es una organización de lobby sin poderes de censura, un monstruo que perdió sus propios colmillos. Pero para todos los que analizan los clásicos de las décadas de 1940 y 1950, sigue estando presente de forma invisible: en cada decisión de montaje, en cada corte fuera de campo, en cada ambigüedad moral que solo vio la luz gracias a la sofisticación técnica.