Subgénero de explotación (años 60–80): mujeres europeas o norteamericanas en tráfico de personas — mayormente softcore, moralmente hipócrita. Cuestionable éticamente.
El cine de explotación de los años 60 a los 80 ha dado lugar a un subgénero particularmente repugnante: películas que mostraban a mujeres europeas o norteamericanas en escenarios de trata de personas, ostentosamente presentadas como un sistema de advertencia moral, pero en realidad pura explotación voyeurista. Las cámaras se detienen en el sufrimiento y la humillación, mientras el tono narrativo finge hipócritamente indignación. Se filma una escena en la que una protagonista es arrastrada a un camión, se corta a su rostro angustiado, y se sabe perfectamente que el público en el cine está excitado.
Lo que caracteriza estructuralmente a estas películas es que funcionan como documentales falsos. Cámara en mano, material de imagen granulado, carteles que hablan de "casos reales", todo son trucos para simular autenticidad. Los presupuestos eran bajos, los actores a menudo sin protección contractual, y las condiciones de rodaje en el sur de Europa o el norte de África frecuentemente tan dudosas que hoy en día no se puede reconstruir dónde termina la ficción y dónde empieza el abuso. El aspecto de softcore era calculado: violencia sexualizada justo por debajo del límite del hardcore, para poder seguir proyectándose en cines regulares. Autocensura por corte, no por omisión.
Como director de fotografía, al ver retrospectivas de tales obras, se observa cómo funcionaba el formato. La estética no se basaba en una idea visual real, sino que era pura funcionalidad del voyeurismo. Primeros planos del miedo, planos generales amplios en espacios desolados, mala iluminación que enfatiza la indefensión. No porque fuera artísticamente necesario, sino porque se vende. La música —sintetizadores baratos, miseria de fondo jazzístico— apoyaba la mezcla perversa de escándalo y suspense. Hoy en día, estas películas son en gran medida inencontrables, no solo por razones éticas, sino porque el engaño ha sido descubierto. La pretensión pseudodocumental resulta ridícula, la hipocresía insoportable. Los historiadores del cine consideran el género como un ejemplo de advertencia de cómo el cine ritualizó la explotación y la vendió como una preocupación socialmente crítica.