Cine de arte y ensayo para públicos especializados — programación basada en mérito artístico, no en taquilla. Término alemán que ironiza sobre espacios minúsculos.
El término surgió en la crítica cinematográfica de los años 70 y 80 como una denominación ligeramente burlona para aquellos cines de programación europea que se oponían conscientemente a la cultura de los multicines. Los espacios eran, de hecho, a menudo estrechos —reformas de sótanos, restaurantes o bares de artistas— y el público traía literalmente toallas para poder sentarse en sillas apretujadas. La paradoja: esta estrechez espacial se convirtió en una marca. Señalaba seriedad artística, autenticidad, resistencia a la superficialidad comercial.
En la práctica, el "cine de toallas" funcionaba como un contrapunto al aparato de distribución establecido. Mientras los grandes cines calculaban sus salas en función de la capacidad de asientos, los cines de programación operaban con una economía diferente: no necesitaban la masa, sino el público objetivo adecuado —estudiantes de cine, intelectuales, cinéfilos, los que valoraban las posiciones de vanguardia. Un cine de programación con 30 a 80 asientos, donde el público se conocía y debatía después de la proyección, era económicamente más rentable que una sala de 500 asientos medio vacía. La intimidad era un modelo de negocio calculado.
La importancia para la cultura cinematográfica fue considerable: los "cines de toallas" eran fábricas de gusto y discurso. Aquí se mostraban películas que en otros lugares no tenían cabida —cine experimental, neorrealismo, Nouvelle Vague, cine de autor alemán. Funcionaban como filtros culturales. Los programadores, como verdaderos curadores, determinaban la oferta; no había algoritmos, ni investigación de mercado, solo gusto y valentía. Este gesto curatorial sigue marcando hoy la identidad de los verdaderos cines de programación.
En la era digital, el "cine de toallas" se ha transformado paradójicamente: la estrechez espacial ya no es obligatoria, pero la función curatorial ha permanecido e incluso se ha vuelto más importante. Cines pequeños, cuidadosamente programados, incluso en salas más grandes, conservan esa función —son contrapuntos a la indiferencia del streaming. El irónico término "toalla" se ha convertido hace tiempo en un cumplido: quien trabaja en un "cine de toallas" trabaja en la cultura cinematográfica, no en el negocio del cine.