Belladona (Atropa belladonna) — planta tóxica cuyo extracto dilata las pupilas. Usado históricamente para agrandar los ojos — en cine: efecto natural sin efectos de iluminación.
La belladona —botánicamente Atropa belladonna— aparece en el contexto cinematográfico menos como una planta venenosa y más como un recurso de diseño óptico para el iris humano. El nombre en sí proviene de la cosmética renacentista: las mujeres italianas se aplicaban el extracto en los ojos para dilatar al máximo las pupilas. Las pupilas anchas y oscuras se consideraban un signo de belleza y juventud, y son precisamente estas reacciones fisiológicas las que utilizan los cineastas en los primeros planos cuando quieren lograr una máxima intensidad emocional o presencia erótica.
En el trabajo de cámara práctico, la belladona se encuentra hoy casi exclusivamente en la filmografía histórica o de género, especialmente en películas de época, de terror y de cine psicológico. La ventaja reside en la autenticidad: una dilatación pupilar provocada químicamente no se puede imitar de forma engañosa en condiciones de primer plano, ni mediante la dirección de la luz ni mediante trucos ópticos. La reacción natural del ojo se ve en la pantalla sin adulterar. Sin embargo, su uso requiere supervisión médica, permisos laborales y la disposición del actor. Los efectos secundarios (sequedad, sensibilidad a la luz, trastornos temporales de la acomodación) limitan su aplicación a secuencias cortas e intensas.
La belladona adquirió relevancia histórico-cinematográfica principalmente en el cine de arte europeo de los años 60 y 70, donde apareció como un elemento fetiche en dramas psicológicos, asociado a temas de pérdida de control y mistificación femenina. En el cine moderno, los directores prefieren utilizar lentes de contacto con impresiones de pupilas dilatadas o ampliaciones digitales en la edición, ya que estos métodos son más seguros y repetibles. Sin embargo, la belladona permanece en la caja de herramientas de los cineastas que trabajan de forma experimental o históricamente auténtica, un vestigio que combina autenticidad con riesgo estético.
Su uso roza la línea entre el realismo de la interpretación y la manipulación actoral, una tensión que despliega todo su efecto precisamente en el cine de primer plano del rostro.