Promoción estridenta y hype carnavalesco — principalmente marketing de estudios 1920s–1940s. Sensacionalismo sobre sustancia, efectismo calculado.
El Hollywood de los años 20 a los 40 era una feria ambulante, y los estudios sabían perfectamente cómo explotarla. El ballyhoo fue el arte de esa época: una promoción ruidosa y desenfrenada, que tenía menos que ver con la película en sí que con la creación de un evento. Los directores de estudio entendieron que ir al cine no era solo entretenimiento, sino que debía ser un espectáculo, y quien organizara el espectáculo más ruidoso, ganaba al público.
En la práctica, el ballyhoo funcionaba así: se presentaba a las estrellas como dioses inalcanzables, se orquestaban escandalosas noticias de prensa, se organizaban estrenos como actos de estado con focos, multitudes y bandas de música. La publicidad era exagerada, a menudo grotesca, no para describir la película, sino para generar curiosidad como estímulo emocional. Un western no se comercializaba como una historia, sino como "la aventura más salvaje de la historia del cine". Un melodrama no como cine emocional, sino como "las escenas que harán llorar a los hombres". La línea entre la ficción y el marketing se desdibujó por completo.
Lo que diferenciaba al ballyhoo del marketing moderno: era descaradamente artificial. El público sabía que le estaban mintiendo, y le gustaba. Era artesanía, no manipulación. Se jugaba de forma ofensiva, ruidosa, teatral. Una estrella emergente no se lanzaba sutilmente; se la "descubría" en cien periódicos a la vez, se la involucraba en historias de amor fabricadas, se la fotografiaba en accidentes de coche, reales o inventados. Los estudios empleaban departamentos enteros de periodistas, fotógrafos y agentes para crear el constante frenesí.
Para un director de fotografía o un montador, el ballyhoo era secundario; eso ocurría después del estreno. Pero como miembro de la industria, se sentían los efectos: los calendarios de rodaje se construían en torno a la disponibilidad de las estrellas para sesiones de promoción. Los ritmos de montaje se orientaban a lo que resultaba espectacular en los clips promocionales. El cine no era arte, era circo, y el circo necesitaba el mejor espectáculo. El ballyhoo convertía una película en un evento antes incluso de que llegara a los cines. Era calculado, profesional y sorprendentemente eficaz, siempre y cuando el sistema de estudios funcionara.