Aparato de visualización de cine de los años 1890 — motor eléctrico movía una secuencia de imágenes ante una lente de visión. Precursor de la proyección cinematográfica.
A finales del siglo XIX, se experimentó febrilmente con la electromecánica para hacer visibles las imágenes en movimiento. El electrotaquiscopio fue una de estas soluciones: un dispositivo accionado por motor que presentaba fotografías individuales en rápida sucesión. En lugar de proyección, todavía se trabajaba con el principio de la visualización rápida a través de un ocular: el espectador miraba por una mirilla y veía las imágenes destellar, mientras un motor eléctrico hacía girar un tambor o disco de imágenes a alta frecuencia. La velocidad era ajustable: cuanto más rápida la rotación, más fluida la ilusión de movimiento. La elegancia técnica residía en la fiabilidad del motor; a diferencia de los mecanismos de manivela manual, se podía mantener una velocidad constante.
En la práctica, esto significaba para los primeros experimentadores: no se necesitaba óptica compleja como en los proyectores, ni lentes grandes, ni un sistema de iluminación elaborado. Las imágenes a menudo se montaban en un disco metálico o se pegaban en forma de papel. El dispositivo era compacto, portátil, de uso descentralizado, ideal para ferias, expositores, proyecciones privadas. La desventaja era obvia: solo una persona o unas pocas personas a la vez podían experimentar el espectáculo. Quien quisiera ganar dinero, tenía que construir muchas máquinas o atender largas colas de espectadores.
En el contexto de la historia del cine, el electrotaquiscopio fue un callejón sin salida, pero instructivo. Muestra cómo la industria probó diferentes caminos técnicos antes de que se impusiera la proyección de luz (como en el cinematógrafo de Lumière o Edison). Sin embargo, la idea fundamental —precisión electromotriz para secuencias de imágenes— se mantuvo viva y fluyó más tarde en los mecanismos de arrastre de película. Quien quiera entender la historia temprana de los aparatos, debe comprender: el cine no era inevitable. Podría haber permanecido perfectamente como una experiencia de mirilla privatizada.