Cine sobre la vida cotidiana y costumbres de un pueblo — dialecto auténtico, folclore, arquitectura. Esencia del cine latinoamericano.
Quien revise películas españolas o latinoamericanas de los años 50 a los 80 se encontrará una y otra vez con esta peculiar calma: sin dramas inflados, sin teatralidad ajena. La cámara simplemente se queda con la gente, observando cómo hablan, trabajan, comen. Eso es costumbrismo: no contar historias sobre lugares exóticos, sino retratar honestamente la vida cotidiana, el dialecto, la arquitectura, los rituales sociales de una región o clase social determinada. El término proviene de la pintura y la literatura del siglo XIX, un movimiento contra el romanticismo y la idealización artificial. En el cine, esto se tradujo en una estética de autenticidad sin cursilería.
En el set, el costumbrismo funciona de manera diferente a otros géneros. No se filma para grandes gestos, sino para detalles: la forma en que una vendedora ordena su mercancía, el acento regional en el diálogo, la fachada erosionada de una casa. La iluminación se mantiene discreta, casi documental. La trama en sí es a menudo mínima: una anciana viuda vende su casa, un músico del pueblo se enamora, una familia prepara una fiesta. Lo dramático no reside en conflictos externos, sino en la textura de lo vivido. Directores como Julio García Espinosa o Pedro Armendáriz Bastante lo entendieron: construyeron sus películas como ensayos etnográficos, sin resultar didácticos.
En la práctica, esto significa para la puesta en escena: evitar la sobreexposición, ceñirse a la luz natural, si es posible. La mise-en-scène surge de entornos reales, no de sets de estudio. Los actores a menudo no actúan como profesionales, sino como personas de esa sociedad; esto confiere a la interpretación una autenticidad incurable. De manera similar al Neorrealismo (italiano) o al Néo-Réalisme (francés), se trabaja con lugares reales, ritmos reales. El costumbrismo se diferencia en que busca generar menos compasión y más comprensión: una actitud interna diferente de la cámara hacia el material.
Quien edita películas costumbristas se da cuenta rápidamente: los planos largos son tu material. Los cortes son raros, puntuales. El montaje sigue el ritmo narrativo de la vida misma, no una dramaturgia clásica. Esto exige una atención diferente por parte del espectador: paciencia en lugar de tensión. Precisamente ahí reside la fortaleza del género.